Esto que escribo es el pensamiento mágico en su máxima expresión. Escribir treinta y tres líneas únicamente como antídoto para su falta de respuesta.
Él no me escribe. Él no me contesta los mensajes. Él no atiende el teléfono. Y entonces yo primero pienso que no me quiere. Y que tengo que vivir con eso. Que aprender a vivir con eso.
Pero después pienso que se murió. Que está grave. Que de verdad no voy a volver a verlo. Y entonces todo todo todo se desmorona alrededor. Y la angustia es tan tan fuerte que yo no sé qué puedo hacer con ella. Y pienso que estoy dispuesta a todo, a cualquier cosa, a lo que sea, solamente si sé que existe. Que estoy dispuesta a que no me quiera. Que estoy dispuesta a que no me elija. Que estoy dispuesta a que no me mire. Y a que no me lea. Y a no leerlo más. Pero que necesito saber que existe. Que existe para mí aunque no sea, aunque no vaya a ser nunca más para mí.
Y entonces escribo esto. Como si el pensamiento mágico fuera a salvarme a mí –o a él- de alguna cosa. Escribo rápido, para llegar a las treinta y tres y que entonces se produzca algún milagro que me anuncie que está. Aunque no esté para mí. Aunque nunca más vaya a estar para mí. Aunque sea de otra. Aunque sea de ella o de alguna de ellas. Aunque lo que venga después sea resignarme a no insistir nunca más.
Como si yo tuviera una maldición, o fuera una maldición. Como si estuviera condenada a vivir pensando en que lo que quiero se desvanece. Entonces es así de fácil: que se desvanezca para mí pero que no se desvanezca de verdad. Tan simple como eso. Una existencia real, tangible aunque no sea tangible para mí.
Una señal verdadera de que está ahí, aunque sea para expulsarme bien lejos. Aunque sea para dejarme muda y doliente del dolor del abandono. Pero no del otro abandono, del de verdad definitivo.
Porque si no está, si de verdad no está, creo que voy a morirme para siempre. Y que no va a haber una línea más. Nunca más.
Entonces yo escribo esto y esto es mi compromiso a acatar su otra ausencia si hace falta. Para tener su existencia real, aunque sea lejana. Algo de él es saber que está. Yo siempre siempre siempre voy a querer más. Pero eso alcanza.
Un guiño. Algo que me lo devuelva aunque no tenga nada de lo otro. Aunque no quiera escribirme, aunque no vaya a contestarme, aunque nunca más vaya a mostrarme lo que escribe. Aunque nunca más vaya a tocarme con deseo. Pero saberlo ahí. Eso, ahora, es suficiente. Es siempre menos de lo que quiero. Pero si está, me alcanza mucho más que mucho. Porque si no, de mí no va a quedar nada. Porque lo necesito ahí para que de mí quede algo.